Hacer del ejercicio físico un hábito

 

El ejercicio físico genera estímulos en el cerebro que ayudan a mantener un estado emocional positivo. Cualquiera puede comprobar como el estado de animo influye en nuestra productividad. El simple hecho de correr durante 30 minutos cada mañana tiene un considerable efecto en como nos sentimos el resto del día. Básicamente, el ejercicio elimina el estrés y mejora nuestra capacidad productiva en todos los sentidos. Sin embargo, aunque conozcamos los beneficios de mantenerse en buena forma física, no suele ser sencillo crear el hábito.

Sus efectos se observan al momento y se extienden durante los días siguientes. Por el contrario, después de un periodo sin hacer ejercicio volvemos a sentir la falta de energía y vitalidad que disfrutamos en los periodos de buena forma física, de modo que cuando reiniciamos el habito, nuestro cuerpo dice “!esto es!”, animándonos a seguir adelante.

Las preferencias en cuanto al mejor momento del día para incluir la rutina física son variadas. Algunos prefieren la mañana, antes de comenzar la jornada de trabajo y otros al concluirla. Un buen número de personas aprovechan el mediodía para salir a correr, ir al gimnasio o la playa si vivimos al lado del mar. El ejercicio por la mañana produce una sensación de haber hecho algo valioso antes de comenzar la jornada. Y tener el hábito del ejercicio vespertino nos obliga a acortar la jornada laboral, dando también más valor y variedad a nuestro día. Personalmente, prefiero la primera hora del día para ejercitar la concentración, dejando la tarde y primera hora de la noche para el cardio y la tonificación muscular, terminando con yoga y estiramientos.

Además, la actividad física invita a incluir otros hábitos sanos en nuestra vida, como el cuidado del sueño o la alimentación. Los beneficios para el sueño son innegables, siempre que incluyamos ciertos hábitos mentales que nos preparen para un descanso reparador. Ver televisión o curiosear en Internet antes de dormir son hábitos que deberíamos sustituir por actividades mas relajantes como la lectura.

Entonces, si la actividad física es tan beneficiosa, ¿por qué nos cuesta tanto hacer de ella una rutina diaria? La respuesta es que la afrontamos desde una actitud a veces equivocada que nos lleva a abandonar antes de que se haya formado el hábito. Para conseguir hacer del ejercicio parte de nuestra vida diaria necesitamos las estrategias adecuadas, que variarán en cada caso, pero aquí encontrareis algunas ideas para que cada cual las adopte a su gusto.

Las personas que comienzan a practicar ejercicio físico por primera vez desconocen cual puede ser la reacción de su cuerpo ante la nueva actividad y el tiempo que va a necesitar para asimilarla. Los músculos, articulaciones y órganos necesitan un periodo de adaptación a los nuevos hábitos que puede llevar desde semanas a varios meses. Los resultados aparecerán poco a poco, dependiendo de la condición física previa, edad o metabolismo.

Estrategia 1: no tengas prisa y se amable contigo mismo.

Uno de los errores más comunes es tener demasiada prisa, lo cual nos puede llevar desde la lesión por sobreentrenamiento hasta la frustración al no lograr los resultados soñados, ambas causas de un abandono prematuro de nuestro propósito. Es mejor tener expectativas razonables de acuerdo al tiempo e intensidad de la práctica y mantener un progreso constante, que realizar excesos que nos pasaran factura más temprano que tarde o nos hagan desistir.

Dejar de comer no es la mejor forma de perder peso; de hecho es la manera de recuperarlo rápidamente a continuación. Realizar estiramientos al limite continuamente no favorece una mayor flexibilidad si no que garantiza una contractura como reacción del organismo.

Una mejor estrategia es aquella que se basa en un progreso continuó, siendo al mismo tiempo amable con nosotros mismos. En nuestro progreso habrá momentos en lo que avanzaremos rápidamente y otros en los parecerá que retrocedemos. Todo ello es natural y forma parte del proceso. Es bueno saberlo, para evitar frustraciones innecesarias. Serán la disciplina y la constancia quienes mejor nos ayuden a conseguir resultados reales a largo plazo.

Por tanto, mantener un ritmo asequible a nuestra condición es una buena estrategia para mantener la disciplina del ejercicio físico a largo plazo.

Estrategia 2: plantea metas asequibles.

Si nuestra meta es ascender una montaña de ocho mil metros, es seguro que habremos tenido que demostrar antes que somos capaces de alcanzar cumbres mucho más asequibles en todo tipo de condiciones. Más vale que así lo hagamos ya que nuestra propia vida esta en juego.

En general, por muy alta que sea nuestra meta, debemos plantearnos alcanzar antes metas preliminares. Si nuestro objetivo es muy ambicioso y mantenemos una actitud de todo o nada, es fácil que en cualquier momento abandonemos. Sin embargo, si nos planteamos progresivamente metas asequibles que nos acerquen al objetivo, evitaremos al frustración y alcanzaremos, eventualmente, la meta soñada.

Estrategia 3: se realista en cuanto al tiempo disponible.

Hacer ejercicio requiere tiempo libre dentro de una vida cargada de actividades, compromisos y responsabilidades. Nuestra agenda diaria suele estar completamente ocupada cuando decidimos incluir el ejercicio físico en ella. Disponemos de muy poco tiempo y de muy pocas a actividades de las que podamos prescindir. O al menos eso pensamos. Encontrar tiempo para salir a correr o ir al gimnasio suele ser complicado.

La solución es ser más eficiente en cuanto al uso del tiempo y encontrar la hora del día que menos afecta a nuestras responsabilidades ineludibles. Lo más sencillo es levantarnos una hora antes y emplear la primera hora del día para el acondicionamiento físico. Al fin y al cabo, acostarnos una hora antes es también beneficioso para nuestro descanso.

Estrategia 4: cambiar los malos hábitos por buenos hábitos.

Seguramente nuestra falta de tiempo se deba en cierta medida a costumbres que, lejos de aportar algo positivo, son definitivamente negativas en nuestra vida.

En ocasiones decimos estar viendo un programa de televisión intrascendente a ultima hora de la noche para descansar de una estenuante jornada de trabajo. Sin embargo, lo que nos aportaría realmente un descanso reparador sería irnos antes a dormir. El tiempo ganado al televisor podremos emplearlo al día siguiente en una hora de ejercicio por la mañana.

Prolongar excesivamente la jornada laboral nos desgasta psicológicamente y provoca con el tiempo una sensación de vacío al privarnos de la riqueza de una variedad más amplia de vivencias diarias. Limitar nuestro jornada de trabajo, fundamentalmente cuando se trata de trabajo sedentario frente a un ordenador, libera un precioso tiempo que podemos dedicar a la actividad física al final del día.

Durante el fin de semana, en lugar de otra noche de fiesta, tal vez podamos probar el placer de madrugar un domingo y pasar el día practicando nuestro deporte favorito en la naturaleza.

En definitiva, cada uno puede descubrir aquello que ha dejado de aportarle experiencias positivas en su vida y roper la inercia para dar la bienvenida a nuevos hábitos saludables.

Estrategia 5: anotar nuestros progresos.

Una de las mejores formas de mantener la motivación es ser conscientes de los logros que vamos consiguiendo. Contemplar de algún modo nuestro progreso nos estimula para seguir adelante.

Si recuperamos la memoria los nuestros primeros días en el nuevo hábito de correr cada mañana, recordaremos lo difícil que resultaba tan sólo una carrera de quince minutos, los dolores en las articulaciones o la dificultad para respirar. Sin embargo, semanas después pudimos prolongar ese tiempo a treinta minutos y más aún a continuación. Entonces no querremos volver a la situación inicial y continuaremos con nuestra disciplina para mantener y mejorar el estado físico alcanzado.

Quienes se sintieron más lijeros y saludables perdiendo los kilos que les sobraban por medio de una alimentación más saludable y ejercicio físico, probablemente valorarán su logro y mantendrán aquellos hábitos que les condujeron a una vida más satisfactoria.

No perder la forma

Una vez hemos conseguido vencer la inercia de nuestros viejos hábitos e introducido la actividad física como una rutina en nuestra vida, tarde o temprano tendremos que vencer a un nuevo enemigo que tarde o temprano aparecerá: la indisposición física. Una lesión o cualquier trastorno pasajero del organismo, hasta un resfriado, nos obligarán a interrumpir temporalmente nuestra rutina. No abandonar por completo la actividad y retomarla, aunque sea progresivamente lo antes posible, hará que no volvamos a empezar de cero. Cuanto más tiempo abandonemos el ejercicio físico más difícil será después recuperar el estado de forma. Por tanto, debemos procurar mantener la rutina y la actitud mental.

Por ejemplo, en el caso de una lesión en una determinada parte del cuerpo, procuro ejercitar otros músculos que no se vean afectados, con la intención fundamentalmente de mantener la actitud mental y la rutina.

Espero que estas ideas os hagan sentir comprendidos cuando sentimos lo difícil que es cambiar nuestros hábitos, pero que al mismo tiempo podáis encontrar alguna pista que os ayude a conseguirlo.

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